
Ceuta. 2 de junio. 13:07.
—¡Chimo! ¡Chimo! —gritaba el joven legionario mientras se movía en cuclillas, pegado al muro semiderruido.
Desde detrás de un montón de escombros alguien agitó una mano, indicando al legionario que se acercara. A unos cincuenta metros tuvo lugar una explosión que levantó una nube de polvo. El legionario se tumbó y recorrió reptando el tramo que le separaba de su compañero.
Allí, a cubierto del fuego enemigo, el legionario a quien todos llamaban Chimo permanecía tirado, con la boca y la nariz tapados por un pañuelo atado por detrás, y aferrado a su rifle de precisión de 7,62 milímetros. Tenía las cejas llenas de polvo, de modo que parecía más viejo de lo que era.
—¿Qué pasa? —dijo sin apartar la vista de la mira telescópica de su arma.
—Mora ha caído en la puerta del banco —informó el recién llegado mientras luchaba por aplastarse contra el suelo—. Ahora tú mandas el pelotón.
Chimo no contestó.
Tenía localizado a un marine americano que, después de salir corriendo de un portal, se había refugiado tras el amasijo de hierros ennegrecidos que antes había sido un coche. Presionó ligeramente el disparador del rifle hasta que encontró una leve resistencia e inspiró profundamente, esperando que el marine corriera un nuevo tramo.
—Tú eres el más antiguo, Chimo. Tienes que decidir qué hacemos —siguió hablando el joven legionario—. Antes de perder la transmisión, le dijeron a Mora que podíamos acercarnos al puerto.
Pero Chimo siguió callado, esperando al marine y aguantando la respiración.
De repente el americano salió corriendo y dejó atrás el vehículo quemado, Chimo centró la mira telescópica un poco por delante de su trayectoria y disparó, sobresaltando a su compañero. Después cerró los ojos unos segundos, reteniendo la imagen del americano estremeciéndose al recibir el impacto.
Cuando los abrió volvió a ver al marine abatido tirado sobre los cascotes de la calle, a más de cien metros entre las ruinas. Los disparos de sus compañeros disparando a ciegas arreciaron durante unos segundos.
—Hay que cambiar de posición —masculló mientras sacaba el cargador del fusil y lo guardaba en su mochila. Tras colocar un nuevo cargador, retrocedió arrastrándose, se bajó el pañuelo y desapareció por un hueco en la pared. El joven legionario siguió tras él.
—Chimo... ¿Me has oído? Mora ha caído. Ahora tú mandas el pelotón —insistió.
—Te he oído, te he oído. A Mora le ha durado poco el ascenso. ¿Dónde están los otros?
—En la puerta del banco. Estamos atascados y me ha tocado venir a buscarte. Me he jugado la vida para encontrarte, Chimo —le contestó el joven, que le seguía con dificultad por la planta baja del edificio, llena de pedazos de pared y de escombro.
Salieron a la calle por el lado norte del edificio. Tras las ruinas de los locales del puerto de Ceuta vieron alzarse un helicóptero que se desplazó a toda velocidad hacia el mar, en dirección a Andalucía. No quedaba ningún buque ya en el puerto, salvo los que habían sido destruidos y permanecían semihundidos...